Los dilemas del periodismo

 

Por Juan Bolívar Díaz

Con motivo del Día del Periodista que celebramos en el país cada 5 de abril, la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Católica Madre y Maestra convocó a cuatro profesionales para debatir sobre los dilemas y perspectivas del periodismo contemporáneo a la luz de los desafíos que suponen las nuevas tecnologías. Resumo a continuación mi exposición ante estudiantes y profesores de esa academia.

Cuando me inicié en esta profesión hace 45 años ya avanzaba el proceso de concentración de los medios, convertidos en una de las más dinámicas industrias contemporáneas. En México, donde tuve el privilegio de cursar la carrera, la cadena García Valseca tenía 38 diarios y televisa ya era un gran monopolio. En Europa todavía había regulaciones y la televisión y la radio eran en alta proporción estatales. Aunque en Estados Unidos había múltiples consorcios de medios, todavía se mantenían algunos límites a los monopolios,  lo que duró hasta comienzo de este siglo-milenio.

Los pragmáticos editores y propietarios de medios sólo se preocupaban por las nuevas tecnologías y las reingenierías empresariales. Pero los académicos y profesionales del periodismo enfrentaban los retos de una comunicación  demasiado al servicio de los poderes económicos y políticos, de la publicidad y la manipulación.

Asistimos al gran debate sobre el nuevo orden informativo internacional, con todo y el informe de la Comisión McBride de la Unesco, a consecuencia del cual esta institución fue extorsionada económicamente y obligada a capitular en las preocupaciones por un mayor equilibrio y libertad en las comunicaciones, tanto entre pueblos como entre profesionales y propietarios.

El progresivo fracaso del socialismo real fortaleció las tendencias neoliberales, que se impusieron en la economía, la política y la comunicación, derribando regulaciones y creando las condiciones para los abusos que generarían la gran crisis del capitalismo a partir del 2008.

En América Latina las dictaduras militares y la década pérdida en términos económicos, trastocaron el orden continental. El reinado de Reagan y la Tatcher aceleró el derrumbe del socialismo y el advenimiento de un mundo unipolar donde predomina un capitalismo salvaje.

La revolución tecnológica impuso su dominio en las comunicaciones, con todo su esplendor y sus sombras. Multiplicación infinita de la capacidad de comunicar, pero también de la banalidad y la superficialidad y elevación del costo de comunicar para beneficio de los grandes consorcios empresariales.

Los desafíos del periodismo siguen siendo los de siempre, desde el periódico mural a la internet: un intento de comunicación, de investigación de la realidad para difundirla a través de los medios disponibles. Periodismo para liberar de la ignorancia, para combatir la opresión, para sostener los sueños de justicia, la emancipación de los grupos y comunidades excluidas, para promover la fraternidad y la paz.

La misión del periodista es comunicar, hacer común las luchas por la superación humana, incidir en la sociedad mediante la investigación, deshaciendo entuertos y manipulaciones, contrastando las realidades sociales, explicando, educando para la libertad.

La Internet representa un gran desafío para los periódicos, que tendrán que abrirse cada vez más a la necesidad de comunicación, auspiciando un periodismo investigativo y libertario que en cualquier caso se realizará en la radio, televisión y en Internet. En esta con progresiva  atracción publicitaria, en la medida en que los periódicos sigan perdiendo lectores. Pero la interactividad no sustituirá el periodismo.

No morirán los periódicos ni los libros. Perderán terreno, muchos desaparecerán, pero otros se readaptarán auspiciando un mejor periodismo. En los periódicos habrá menos espacio para la superficialidad y la banalidad que ya se ejercerá con exceso en las redes. Y el periodismo seguirá siendo una de las mejores profesiones, un gran compromiso con la superación de la sociedad y las personas humanas.-

 

 

¡Ay si nos dieran un chance!

Por Juan Bolívar Díaz
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Virgilio Gautreaux es de esos comunicadores que aprovecha las posibilidades del Internet para bombardear la conciencia ciudadana con ocurrencias de todos los calibres, como la de esta semana donde pregunta qué pasaría en el país si se eliminara una serie de instituciones estatales que sólo sirven para succionar gran parte de los recursos que deberían destinarse a la educación, la salud pública, la vivienda y otras prioridades del desarrollo humano.

 Él comenzó por pedir la eliminación de unos seis ministerios, de organismos inoperantes como el Inespre y el Instituto Agrario, superintendencias que nada supervisan como la de Electricidad y Seguros. También quiere economizarse lo que se paga a todos los ministros sin carteras y los 140 viceministros.

 Gautreaux amplía su sueño a que se reduzcan al 50 por ciento los cargos diplomáticos y consulares y los de embajadores adscritos y a que se dejen sin efecto las designaciones de cientos de funcionarios en las embajadas dominicanas, que no realizan ninguna función. Simplemente se les mantiene en el exterior.  Así mismo reducir el número de alcaldías, regidurías y legisladores, estableciendo sólo dos diputados por  provincia, lo que limitaría esos representantes a un tercio de lo que tenemos, que ya son 183.

 Plantea también la reestructuración de múltiples organismos públicos, fusionándolos, la reducción de personal en todos los ámbitos de la administración pública, incluyendo las instituciones descentralizadas, así como la eliminación de todos los cargos clientelares, sin dejar cabeza de miles de periodistas, asesores de imagen y relacionistas públicos.

 La comunicación de Virgilio Gautreaux puede haber llegado a límites radicales, pero en términos generales supondría una alta racionalidad en el uso de las contribuciones de la ciudadanía, acopiando recursos para la educación masiva de los dominicanos y dominicanas, único camino que nos podrá conducir por las sendas del desarrollo humano, sin exclusiones masivas.

 Leyendo la propuesta cualquiera cae víctima de la utopía y se pone a plantear ¡ay que pasaría si nos dieran un chance! Si pudiéramos implantar un gobierno que persiga activamente la corrupción, que exija a todos los funcionarios  justificar las riquezas que acumulan, que renuncie a utilizar los recursos públicos para prolongarse indefinidamente en el poder.

 ¿Qué pasaría si llegara al poder un grupo de utopistas capaces de mantener los principios y planteamientos de las campañas electorales, que no se transfiguren en potentados tan pronto ganan una elección, que sean coherentes entre sus planteamientos públicos y su vida privada?

Este país necesita otra generación de militantes políticos con capacidad para imponer un nuevo liderazgo sin avasallar las disensiones ni pretender unanimidad, con respeto de la diversidad, con filosofía de inclusión con convencimiento de que “lo que importa no es llegar solo y de prisa, sino con todos y a tiempo”.

Pero sobre todo, -¡ay Virgilio!- esta nación necesita cuatro o cinco presidentes consecutivos que se dediquen a solucionar los problemas de hoy, no a gobernar en función de quedarse para siempre. Que se sientan felices de sembrar la semilla de la educación, de la seguridad social y la salud, aunque los frutos no broten en cuatro o cinco años y no puedan ser inaugurados.

¡Ay si nos dieran un chance! Qué pena Virgilio que el pragmatismo político lo esté abarcando y dominando todo y que todos estos sueños parezcan cada vez más utópicos. Y sobre todo qué pena que los más desposeídos no puedan rebelarse ante tanta ignominia.