Entre los 8 más pobres del continente

Por Juan Bolívar Díaz

            Distraídos en discusiones estériles como vivimos los dominicanos, muchos no se habrán detenido a analizar lo que nos concierne en el informe sobre Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo publicado en la última semana de Julio, y algunos preferirán no hacerlo para no sentir remordimientos de conciencia.

            Primero conviene recordar que esta medición de las Naciones Unidas es el mejor índicativo del progreso social. Implementado en las últimas dos décadas, supera el viejo y engañoso parámetro del ingreso per cápita, procediendo a medir factores claves del progreso como los índices de salubridad, educación y promedio de vida, además del ingreso.

            La generalidad de los comentarios se han quedado en el señalamiento de que la República Dominicana ocupa el lugar 94 entre las 173 naciones evaluadas en el informe corresponiente al 2002. Eso significa que hay 93 mejor posicionadas en los indicadores del desarrollo humano, y 79 por debajo de nosotros. El mismo informe sitúa el país entre los de “desarrollo humano medio”, es decir que no estamos entre los mejores pero tampoco entre los peores del mundo.

            Vistas así las cosas parecería que vamos bien, pues de ninguna forma podemos compararnos con los países nórdicos que ocupan los primeros lugares, ni con las viejas nacioens europeas o los ricos norteamericanos. Tampoco con las devastadas naciones africanas.

            Pero salimos muy mal parados cuando analizamos nuestra posición continental, y particularmente con relación a las naciones de la región del Caribe. De los 34 países del continenete clasificados en el informe, ocupamos el lugar 27, lo que quiere decir qu estamos a la cola del desarrollo americano.

            Con menores índices de desarrollo sólo aparecen los centroamericanos Guatemala, Nicaragua, Honduras y El Salvador, Haití, Guyana y Bolivia.

            Resalta que todas las naciones del Caribe están por encima de República Dominicana y Haití en el índice de desarrollo. Barbados, Bahamas y Trinidad-Tobago aparecen entre las primeras 50.

            Estos datos deberían ser mucho más publicitados en el país, especialmente para ver si producen algún efecto entre tantos dominicanos y dominicanas que miden el progreso de la nación en función de su particular y privilegiado bienestar. Para los que creen que estamos cerca de Miami o de Madrid.

            De cara a los recursos naturales de este país, a su oposición geográfica, clima, proporción poblacional y otros factores, estamos bien retrasados. Ello quiere decir que tenemos que invertir mucho más recursos en educación, en salud y seguridad social, en acueductos y alcantarillados sanitarios.

            El informe es una apelación a la conciencia social dominicana para que comprendamos que tenemos que mejorar nuestra distribución del ingreso, sino directamente, al menos a través de la contribución fiscal para un mejoramiento dramático de los servicios.

            Nos convoca también a una vida más austera y respetuosa de la pobreza generalizada que afecta a la mitad de los dominicanos y dominicanas. A ahorrar una mayor proporción de nuestros ingresos para más inversiones generadoras de progreso, de riquezas y hasta de un mayor número de convocados a la mesa de la abundancia.

            Para lograr esos objetivos tendremos que hacer ingentes esfuerzos de moralización de la vida pública y privada, reduciendo los altos índices de corrupción que la afectan y que contribuyen a esos índices de derroche y fastuosidad que están a la vista de todos, comenzando por un parque vehicular proporcionalmente más lujoso que el de las naciones desarrolladas.

            El informe sobre desarrollo humano también debería estimular un regreso al discurso social, a las propuestas políticas de soluciones reales a nuestro atraso, y al compromiso de ejecución desde las posiciones gubernamentales, superando el rentismo y el clientelismo que tantos recursos públicos consumen.

            Así mismo debería generar una austeridad en el ejercicio de las funciones públicas, y sobre todo una mayor racionalidad en la inversión, para que no se gaste ni un solo peso en superficialidades ni se distraiga el presupuesto para satisfacer vanidades y en aras del pragamatismo político.

            Reflexionemos. Porque estamos en el último tramo continental del desarrollo humano.-