La repostulación de Hipólito tendría un costo muy elevado

Por Juan Bolívar Díaz

Desataría peligrosas tormentas en el PRD, con repercusiones en la institucionalidad democrática y en su propia credibilidad                                       

            No debe caber la menor duda de que el presidente Hipólito Mejía se impondría si decide finalmente buscar la repostulación por el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), pero probablemente a un costo tan alto a lo interno como ante la ciudadanía y para la institucionalidad democrática nacional del que le resultará difícil reponerse.

            El mandatario tendría que traicionar la palabra empeñada en decenas de ocasiones frente a sus conciudadanos, ante quienes reconoció el 19 de marzo del 2002 que “la reelección es un cáncer maligno que ha hecho metástasis en la historia nacional”.

            Aunque su carta del martes 22 de abril y las declaraciones de los líderes de su grupo PPH tras reunirse con él ese día abren claramente la posibilidad de la repostulación, todavía hay quienes creen que el mandatario lo que persigue es ganar tiempo y convertirse en un ente decisivo en la candidatura y en el curso futuro de su partido.

¿Se caen las defensas de HM?

            Todavía hay en diversos ámbitos quienes creen que el presidente Mejía terminará honrando su lema de campaña “soy un hombre de palabra”, repetido en innumerables ocasiones durante los últimos tres años. Pero parece que se han debilitado sus defensas ante sus más persistentes seguidores quienes comenzaron a promover el continuismo antes de que cumplieran cien días en el poder.

            Tanto los líderes del llamado Proyecto Presidencial Hipólito como personajes ajenos al PRD pero altamente beneficiarios de contratas y favores gubernamentales mantienen una presión pública sobre el ciudadano Mejía, mientras le susurran que sólo él garantiza la continuidad de todos en el poder.

            Aunque las encuestas, la situación interna de su partido, el estado de la opinión pública y las circunstancias económicas desalientan el continuismo, sus principales promotores venden la convicción de que una vez se imponga la repostulación, el usufructo del poder marcará la diferencia en una campaña que se nutriría de abundantes recursos y ventajas.

            La campaña por la reelección se inició abiertamente a mediados de diciembre del 2000, cuatro meses después de iniciado el gobierno, cuando la mayoría senatorial perredeísta sorprendió con la aprobación de un proyecto de convocatoria para reformar la Constitución.

            Al principio se trataba de disimular el propósito de restablecer la reeelección presidencial, prohibida por empeño del mismo PRD en la reforma constitucional de 1994. Pero fue quedando al descubierto en las declaraciones de legisladores y dirigentes del PPH y altos funcionarios del gobierno. La reforma de la carta magna culminó 19 meses después del primer intento, en julio del 2002.

            Las resistencias al interior del perredeísmo y en la opinión pública no lograron contener los esfuerzos, mientras el presidente Mejía insistía una y otra vez en que era anti-reeleccionista por principio (14 de octubre del 2001) y que no se prestararía a las “vagabunderías” de los que promovían el continuismo, (agosto del 2002).

            En las últimas semanas, en la medida en que se iniciaban los preparativos para elegir el candidato presidencial del partido blanco, los aprestos reeleccionistas se han multiplicado en propaganda e incluso con la celebración de actos públicos como el celebrado a principios del mes en San Cristóbal.

            Para gran parte de la opinión pública con su carta del día 22 el presidente abre el camino a la repostulación, al reclamar participación en las reuniones de los precandidatos presidenciales del partido, al tiempo que delegaba su representación en dos dirigentes del reeleccionismo. Mientras el mismo día su Consultor Jurídico, Guido Gómez Mazara, y su secretario de Agricultura, Eligio Jáquez, proclamaban abiertamente, sin ser desmentidos, que él había aceptado ser inscrito como precandidato.

            Pese a todo, aún algunos de sus cercanos colaboradores creen que el mandatario reaccionará ante las dificultades y al final reivindicará el valor de su palabra, sobre todo a la luz del descrédito en que caería y por las dificultades que confrontaría en el partido y en la campaña electoral.

Tensiones en el PRD

            En lo inmediato, el proyecto continuista ha agitado las aguas en el partido de gobierno, donde ocho dirigentes, incluyendo a la vicepresidenta Milagros Ortiz Bosch, al presidente del partido, Hatuey de Camps y a tres ministros –dos de ellos del PPH- llevan ya meses promoviendo sus aspiraciones presidenciales.

            El rechazo más radical a la reelección lo encarna el presidente del perredeísmo, pero también Enmanuel Esquea y el senador Ramón Alburquerque, quienes consideran que los principios y acuerdos de los organismos del partido, impiden la repostulación.

Hatuey de Camps luce dispuesto a jugárselas todas para impedir lo que considera una traición a los principios del PRD desde su fundación en 1939. Dijo el miércoles que la reelección es “anormal, impropia y no institucional”, proclamando que para inscribir la precandidatura de Mejía habría que “echar para atrás preceptos convencionales”.

            La vicepresidenta Ortiz Bosch también reivindica el antireeleccionismo, como lo reiteró el miércoles 23, aunque adujo “inteligencia, cordura y prudencia” para seguir siendo un punto de equilibrio con el Poder Ejecutivo y sin ánimo de alienarse la posibildiad de un respaldo a sus aspiraciones por parte del presidente Mejía y su grupo, que podría ser decisivo.

            Aún el secretario de Interior y Policía, Pedro Franco Badía, quien se considera parte del PPH, dijo el jueves en el telediario Uno más Uno de Teleantillas que las circunstancias económicas y políticas no favorecen la reelección de Mejía.

            En la opinión pública existe la convicción de que, si se lo propone, el presidente Mejía impondría su repostulación, pero con una gran confrontación y posibles fraccionamientos que acentuarían el descrédito en que navega el PRD frente al electorado, manifiesto en las últimas encuestas.

            En la historia nacional todos los presidentes que quisieron reelegirse lograron imponerse en sus partidos, utilizando los recursos del poder dentro de un rancio presidencialismo, y casi siempre ante el electorado, aunque Joaquín Balaguer tuvo un fracaso en 1978, después de dos reelecciones consecutivas.

            Durante el gobierno del presidente Antonio Guzmán (1978-82) sus seguidores intentaron abrir paso al continuismo, pero la oposición del líder del partido, José Francisco Peña Gómez y la presencia de un precandidato de amplio respaldo popular, Salvador Jorge Blanco, lo impidieron.

            Aunque fue obvio que lo favorecía, Guzmán nunca dijo abiertamente que quería reelegirse, pero tampoco empeñó su palabra en sentido contrario.Los esfuerzos por imponerlo afectaron las relaciones entre el gobierno y el partido, que se vió al borde de la división, y sembraron tantos enconos en su interior que el mismo mandatario terminó en su dramático suicidio, el 5 de julio de 1982, tras la elección presidencial de Jorge Blanco.

Sombras sobre el proceso democrático

            Tanto en la oposición como en sectores de opinión púiblica prevalece el criterio de que un intento reeleccionista en las actuales circunstancias, en que el partido de gobierno y el presidente pierden popularidad aceleradamente, pondría en juego el proceso democrático.

            El mismo presidente Mejía dijo en septiembre del 2001 que “eliminaría radicalmente la reelección para impedir las diabluras que se hacen para seguir arriba”. Y es que en la historia nacional ese camino conduce al abuso del poder, subordinando el presupuesto nacional a ese objetivo, y poniendo en práctica métodos no democráticos.

            Al reconocer las dificultades que enfrentaría una reelección, no faltan promotores que cuentan con las ventajas del poder y la posibilidad de apelar a prácticas antidemocráticas.

            La oposición ya es suspicaz al considerar que el partido de gobierno, y especialmente el grupo del presidente Mejía, influirían determinatemente sobre la mayoría de los jueces electorales, que eligieron a su voluntad. El control del Congreso y del 90 por ciento de los municipios le otorgan también un amplio margen para las maniobras.

            Sin embargo, la denmocracia dominicana aparece ahora más fuerte que en todos los intentos continuistas del pasado y las maniobras impositivas podrían encontrar fuertes resistencias tanto en partidos de oposición, como en instituciones sociales, las iglesias y parte de la opinión pública. El ámbito internacional tampoco luce favorable a las imposiciones del pasado.

            Los que dan por hecho que el presidente se lanzará tras la reelección no ocultan su sorpresa de que el movimiento se esté generando en medio de una situación económica tan adversa para el gobierno, cuando trata de conjurar lo que luce como el mayor escándalo bancario de la historia nacional, que ya ha conllevado la inversión de 28 mil millones de pesos por parte del Banco Central, según publicó HOY esta semana, sin que nadie lo desmintiera.

            Al descalabro del Baninter se atribuye en gran medida la devaluación que ha sufrido el peso dominicano en los últimos nueve meses, superior al 50 por ciento, y la consecuente inflación que este año podría duplicar el 11 por ciento del 2002.

            Con tasas de interés de hasta el 50 por ciento, y congelamiento de los ingresos fiscales, lo que está en pie es un proceso recesivo, con creciente desempleo, déficit fiscal y reducción de la inversión pública.

            Dentro de ese cuadro y a la luz de lo indicado por las últimas encuestas, incluyendo la de Gallup que relegó al PRD a un tercer lugar en las preferencias electorales, parece por lo menos inoportuno el esfuerzo continuista. Sobre todo para un presidente que en carta al diario El Caribe llegó a decir que “tengo callos en la lengua de tanto decir cuál es mi posición frente a la reelección”.

            Es posible que el presidente sólo esté jugando a ganar tiempo, pero ese podría ser el mismo que le haría falta al PRD para tratar de acreditar una nueva “esperanza nacional” cada vez más difícil de concretar.-