Libertad de prensa

 Por Juan Bolívar Díaz
http://hoy.com.do/image/article/726/460x390/0/061A96C6-05A4-4E11-9058-CFC1D1AE9421.jpeg

Una de las mayores víctimas de la recién concluida campaña electoral ha sido la libertad de prensa que incluye relevantemente el derecho a la libre expresión sin por ello ser objeto de persecución y que tanto han defendido los periodistas y la sociedad dominicana desde la liquidación de la tiranía de Trujillo hace más de medio siglo.

Desde los días difíciles de la represión política que siguió a la revolución constitucionalista y la intervención norteamericana de 1965, nunca se había desarrollado desde el Estado tanto esfuerzo por controlar los medios de comunicación y reducir la libre expresión de los profesionales del periodismo. Y nunca se había tenido tanto éxito.

Tampoco había habido tanto servilismo en los medios y tantos de ellos convertidos en simple resonancia del interés partidista, con acciones que ruborizan, hiriendo las más elementales normas éticas de la comunicación social y del periodismo.

Nunca habíamos visto tantos periodistas al servicio de un gobierno y un partido, dedicados a atacar agresivamente a  otros periodistas, descalificándolos, con calumnias  y mentiras, pretendiendo tender una nube oscura de silencio o uniformar la sociedad reduciendo la disensión y la pluralidad.

Tampoco habíamos visto que ataques tan alevosos alcanzaran a los ejecutivos y propietarios de los medios, en un abierto chantaje pretendiendo convertirlos en carceleros de la libertad de expresión y el ejercicio periodístico.

Nunca habíamos visto el espectáculo de un senador poniendo en riesgo la vida de una periodista, para acallar denuncias documentadas de corrupción,  alegando que le habían informado que podría ser víctima de un partido político y de narcotraficantes. Con el agravante de que tal barbaridad no fue rechazada editorialmente.

Ni en los años de la represión balaguerista periodistas y comentaristas habían acusado a reconocidos comunicadores de conspiración por haber sostenido una reunión con un candidato presidencial, ni se habían montado programas radiales y televisivos para denostar a otros periodistas, alentando el espionaje.

Nunca se había reclamado que todo el que disiente del discurso oficial deba declararse partidario en una campaña electoral, con un maniqueísmo fruto del sectarismo y la intolerancia.

Jamás habíamos esperado que desde la dirección de prensa del gobierno se distribuyera por Internet un mensaje tan calumnioso y vulgarmente mentiroso como el que circuló la tarde del martes 22 con el siguiente texto que copiamos tal como lo escribieron: “PPH cabildea con el diario francés lemonde una noticia de un supuesto fraude y peligro de guerra civil en RD. Juan Bolívar, Fausto rosario y el grupo de periodistas que se juntaron con Hipólito en la casa de Miguel Guerrero, trazan estrategia mediática para intranquilizar el país y construir un ambiente de crisis política. Los capos de la droga están reclamando la inversión que hicieron tenga consecuencias”.

Lo peor es que el Colegio Dominicano de Periodistas y el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa hayan guardado tan denso silencio ante estos desafueros. En cuanto a la Asociación Dominicana de Diarios y la Asociación Dominicana de Radiodifusores parece que hace tiempo duermen el sueño eterno.

Ahora que ha terminado la campaña electoral, ¿quién tomará la iniciativa para devolver un poco de decencia al ejercicio del periodismo y la comunicación?

Yo estuve en la conspiración de Miguel Guerrero

Por Juan Bolívar Díaz

No puedo salir del asombro por el hecho de que cuatro destacados comentaristas radiofónicos hayan denunciado la reunión celebrada en el apartamento de Miguel Guerrero por un grupo de periodistas con el candidato presidencial Hipólito Mejía como una conspiración contra el gobierno y para desprestigiar lo que consideran el seguro triunfo de su candidato Danilo Medina.

Sólo faltó que exhibieran y reprodujeran una grabación del animado diálogo que reprodujo en ese encuentro, la prueba del delito de espionaje, como ya hicieron recientemente primero el gobierno, en presencia del Procurador General de la República, y luego cuatro diputados.

De cualquier forma me parece alarmante que periodistas y comentaristas se nutran del espionaje, si es que ellos mismos no lo ejercen. Al grado de que llegaran a afirmar cuántos fueron los asistentes, que a mi no se me ocurrió contarlos, y hasta trataran de identificarlos.

Si es así debo confesar que soy un conspirador impenitente ya que desde que Danilo Medina se lanzó tras la presidencia de la República he participado en por lo menos tres reuniones de grupos de periodistas

Yo me gradué de espantos hace 42 años cuando en la campaña electoral de 1970 volaron mi automóvil con una bomba y meses después una oportuna confidencia evitó que me volaran la cabeza. Pero debo decir que desde entonces nunca me había sentido tan hostigado por el ejercicio de mi profesión. En aquellos años mataron cientos de personas y algunos colegas también pagaron con sus vidas.

Ahora no hay atentados contra la integridad física, pero sí contra la integridad moral. Como muchos otros colegas siento como nunca un esfuerzo por uniformar la sociedad, por acallar la disensión, por excluir y estigmatizar a los que se consideran desafectos.

El gobierno tiene un aparato de medios de comunicación propio y atrapado como nunca en nuestra historia. Con miles de periodistas y comentaristas asalariados, decenas de ellos multimillonarios, pero quiere acallar a algunas decenas que disienten de ellos.

Como Miguel Guerrero, no puedo entender que colegas “defensores de la libre expresión” denunciaran como conspiración una conversación con un candidato presidencial.

Si es así debo confesar que soy un conspirador impenitente ya que desde que Danilo Medina se lanzó tras la presidencia de la República he participado en por lo menos tres reuniones de grupos de periodistas donde se discutió abiertamente su proyecto.

Dos de ellas fueron en casa del respetable colega Rafael Ovalle, y la tercera en mi propio apartamento de Naco. Un cuarto encuentro colectivo, con un grupo de profesionales, tuvo lugar en casa de un distinguido empresario que apoya a Medina.

En esa misma residencia yo tuve una larga conversación con Danilo y en otras dos oportunidades en la oficina del mismo empresario, la última de las cuales ocurrió en marzo pasado. Siempre fueron conversaciones francas y cordiales, de las que no tengo que arrepentirme. Ni siquiera cuando me atreví a expresar opiniones, a veces sin que me las pidieran.

En el pasado ocurrió lo mismo en reuniones individuales o de grupos de colegas o amigos, con Juan Bosch, José Francisco Peña Gómez, Salvador Jorge Blanco, Jacobo Majluta, Hipólito Mejía, Maximiliano Gómez, Otro Morales, Fafa Taveras, y Rafael Chaljub Mejía. Incluso con Jacinto Peynado y Carlos Morales Troncoso cuando eran vicepresidentes de la nación, y con Leonel Fernández e Hipólito Mejía, antes y durante sus presidencias.

En cada uno de los casos estuvieron en mi casa y yo en la de ellos, excepto los que tuvieron que vivir en el clandestinaje. La primera reunión donde mi amigo Leonel discutió abiertamente las perspectivas de su candidatura presidencial con un grupo de periodistas, ocurrió en mi casa en 1995 y yo además puse la cena y los tragos.

Durante los primeros dos años de su primer gobierno, participé en unas cuatro reuniones nocturnas en casas de amigos, junto a cinco o seis colegas. Y fueron bien francas. Pero amistosas.

Lo mismo ocurrió en la primera mitad del gobierno de Mejía. Observen que en ambos casos apenas llegamos a la mitad del período, lo que puede ser evidencia de que la franqueza nos distanciaba y –desde luego- que no busqué nunca el menor beneficio del poder. Algunos de los citados lamentablemente ya no pueden dar testimonio, pero hay varios vivos que son bien importantes.

Me produce una pena inmensa toda la mezquindad y la infamia que se practica en esta campaña electoral. Y crecen mis temores de que degenere en terror y en silencios, y por otra de que las pasiones desenfrenadas desgarren una vez más la débil institucionalidad democrática nacional.

Nunca me he declarado neutral en nada y a mis alumnos siempre les he predicado la militancia activa, jamás la pasividad. Pero también les he invitado siempre a la tolerancia con la diversidad, al aprecio de la pluralidad y al respeto a la honra aún de los mayores contradictores. Me alarman tantos esfuerzos por la estigmatización y el aplastamiento que se manifiestan en los últimos años contra los que disienten del discurso oficial.

Tomo prestada la interjección que ha acuñado ese otro conspirador que es Andrés L. Mateo: ¡Oh Dios! Y la oración con que culmina sus enjundiosos artículos el colega de la diáspora Rafael Calderón: Que Dios se apiade de la República Dominicana.