Sobre cómo construir este país

Por Juan Bolívar Díaz

Con el título de “Se necesita materia prima para construir un país” ha circulado en los últimos días un llamado a la conciencia de los dominicanos que concluye pidiendo su difusión, lo que muchos han tomado en serio puesto que ya lo he recibido varias veces por el correo electrónico.

El escrito formula una dramática descripción de los atavismos y defectos de los dominicanos y dominicanas, cuya superación se considera fundamental para que podamos “construir un país”.

Aprecio el esfuerzo del escritor anónimo y hasta me gustaría entrar en contacto con él. Comparto su rechazo a la “viveza criolla… donde hacerse rico de la noche a la mañana es una virtud más apreciado que formar una familia a largo plazo basada en valores y respeto a los demás”.

También comparto la denuncia de la propensión a la deshonestidad, la trampa y el robo, incluyendo la energía eléctrica, el agua y el telecable, y el rechazo de una sociedad donde es generalizada la evasión de impuestos y se compran las licencias de conducir, los certificados médicos y hasta los exámenes escolares.

Concuerdo en que en nuestro país la impuntualidad es un hábito y que “no existe la cultura por la lectura y no hay conciencia ni memoria política, histórica ni económica”. También en que disfrutamos criticando a nuestros gobernantes sin hacer conciencia de que somos todos, como pueblo, los que tenemos que cambiar.

Repito que valoro el manifiesto, pero disiento en algunas de sus conclusiones, especialmente cuando descarga de responsabilidad a los que nos han gobernado, porque ellos han sido el fruto de esta misma sociedad, y cuando pregunta si necesitamos un dictador que nos haga cumplir la ley con la fuerza y el terror.

Dictadores es lo que más hemos tenido desde el mismo nacimiento de la República. Creo que los Santana, Lilí, Báez, Trujillo y Balaguer tienen una alta cuota de responsabilidad en lo que somos como pueblo. Y aún los que han gobernado en los pocos períodos democráticos que registra nuestra historia.

En realidad tenemos tantos defectos y propensión a la deshonestidad como cualquier otro pueblo. Los que son más organizados son aquellos que han logrado desarrollar las capacidades humanas, elevando los niveles educativos para vencer el primitivismo. Y muchos de estos lo han conseguido sometiendo a la expoliación, la esclavitud y el despojo a los que tuvieron menos dominio de la naturaleza, o eran menos poblados y de menor territorio.

El desarrollo ha llegado a una minoría de los países del mundo a través de intensos procesos educativos que les han permitido concebir y crear las instituciones y mecanismos para controlar las vivezas y pasiones humanas, que también en ellos se manifiestan.

El manifiesto tiene un fondo fatalista al plantear que mientras no cambie la cultura no tendremos buenos gobernantes. Me parece que deberíamos plantearlo al revés: mientras no cambien nuestros líderes, en especial los que nos gobiernan, será difícil o imposible que cambie la “viveza criolla”.

Es que los que buscan constituirse en líderes de todas nuestras instituciones prometen cambios profundos, comenzando por dar prioridad absoluta a la educación, al cumplimiento de las leyes  y al fortalecimiento de las instituciones de forma democrática y participativa.

En las campañas electorales se hacen los mejores diagnósticos y se proclaman los programas que nos permitirían comenzar a superar el atraso y el primitivismo. Pero una vez en la dirección del Estado, en el Congreso, los ayuntamientos y de las más diversas instituciones y organizaciones se dedican a multiplicar la corrupción y la compra de conciencias, a reproducir la dominación y la ignorancia, a burlar los principios y estatutos, la constitución y las leyes.

Con mucho sacrificio nuestro pueblo ha ido construyendo un proceso democrático y dando mandato para que los líderes cambien el curso del país.

Pero estos no han podido lograr que pasemos de una educación promedio del quinto grado de la primaria, distrayendo en beneficio propio y de sus asociados gran parte del ingreso

Durante los últimos 50 años hemos sido el país de mayor crecimiento económico en toda América Latina. Pero una perversa concentración del ingreso mantiene a más de la mitad de la población en la pobreza y la ignorancia. Es obvio que si fuéramos un pueblo con alto nivel educativo ya habríamos mejorado la convivencia social. Somos los que asumimos responsabilidades de liderazgo en todos los niveles, comenzando por los máximos gobernantes, y los que hemos logrado oportunidades de desarrollo personal y social los que tenemos que dar el salto y educar, imponernos el respeto a las normas y las instituciones, persistir en sueños y hasta utopías. Es así que comenzaremos a construir este país.

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