Reivindicación de la política

Por Juan Bolívar Díaz

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El haber estado en el local de la Fundación Jaime Vera, que tiene como objetivo fundamental la formación de los afiliados del Partido Socialista Obrero Español, me permitió reconciliarme con la política, que según Juan Pablo Duarte, es de las ciencias más dignas de ocupar las mentes humanas.

Lleva el nombre de un médico de arraigada sensibilidad social y compromiso con el progreso de los trabajadores españoles, que se contó entre los fundadores del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en 1879. Vera López arrastró una salud precaria que le cortó la inspiración vital a los 58 años, pero dejó su impronta y ejemplo de intelectual que no abandonó sus principios, y ofrendó su vida sin disfrutar en absoluto del poder.

El local está enclavado en una finca en la carretera del Escorial en las afueras de Madrid. Pero de una modestia casi insospechada para un partido que ha gobernado más de la mitad del período democrático que siguió a la desaparición del caudillo Francisco Franco. Con Felipe González entre 1982 y 1996, España dio un saltó grandioso al progreso económico y en el fortalecimiento de sus instituciones democráticas.

El largo período de gobierno de 14 años generó alguna descomposición que fue una de las causas eficientes de que perdieran el poder. Pero recuperado hace dos años con el presidente José Luis Rodríguez Zapatero, el PSOE parece en un período de revitalización y recuperación de sus planteamientos programáticos e ideológicos, reivindicando la actividad partidista y los principios del socialismo democrático.

La austeridad que se respira en el local de la Fundación Jaime Vera es impresionante. Parece una casa de retiro espiritual, austera y funcional, donde nada sobra. Con habitaciones para 75 personas, casi todas de dos camas de una sola plaza, sin televisor, ni teléfono. Su aula informática sólo tiene 10 computadoras. Y en un pequeño espacio hay otras 5 para que los cursillistas puedan acceder a la internet.

El comedor está separado de la cocina y como en las casas de religiosos, los ocupantes de cada mesa tienen que recoger las bandejas de comida y devolver los platos.

Todo el mobiliario es sencillo y funcional. Ni el más leve asomo de lujo.

Las pequeñas habitaciones no tienen espacio para expansión, como forma de cultivar el intercambio entre los cursillistas. Y allí en las noches, alejados del ruido y los atractivos de la gran ciudad, lo que se escucha son conversaciones y discusiones ideológicas. Reivindicación de los principios del accionar político socialista.

Paralelo con un seminario internacional sobre flujos migratorios al que asistimos se desarrollaba un curso de capacitación para mujeres candidatas del PSOE a las elecciones municipales de la próxima primavera. Y daba gusto escuchar en los recesos las preocupaciones y planteamientos de las concurrentes.

Durante aquellos cuatro días de finales de octubre, en el aislamiento de la Fundación Jaime Vera, me reencontré con una visión de la política en proceso de desaparición en nuestro país y en muchas partes del mundo. La que nos inculcaba que había que incursionar en la política para transformar nuestro mundo, para hacerlo más justo, para que prevalecieran la libertad y la institucionalidad democrática.

Recordé la primavera libertaria de 1961, cuando la muchachada de entonces fue lanzada a la búsqueda de ideologías, a la visión programática, con desprendimiento y generosidad. Cristianos y marxistas se disputaban los espacios compitiendo en ideas para transformar la nación.

Con el final de la guerra fría los planteamientos ideológicos cayeron en reflujo y se dio paso a un pragmatismo político salvaje en el que la política ha sido convertida en una actividad mercantil. La mayoría de sus cultores persiguen sólo la salvación individual, sin recato en la degeneración cuando alcanzan alguna cuota de poder, que convierten en mecanismo para todo género de tráfico.

Escuchando a los políticos españoles se explica el enorme progreso económico, social e institucional alcanzado por España en las últimas tres décadas, desde aquel ostracismo europeo en que la marginó el caudillo triunfante de la espantosa guerra civil de 1936-39. Y no es que falten degenerados y trásfugas. Pero no predominan. Se preparan para gobernar aferrados a principios.

He escuchado a los gerentes de un curso para jóvenes políticos que se desarrolla en el país hablar con entusiasmo de las nuevas generaciones. También hemos contactado el surgimiento de visiones críticas en importantes segmentos de la juventud.  Ojalá que esté próxima una reivindicación de la política dominicana. Lo precisa el progreso de la nación, el establecimiento de instituciones fuertes y operantes en orden al bien colectivo.

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