La paz de la Navidad

Por Juan Bolívar Díaz

             En este año que nos ha dejado tantas penas y mayores sufrimientos por el incremento de la pobreza y la miseria, con tan graves injusticias, como la de que hasta el campesino o poblador más marginado tenga que estar pagando los fraudes bancarios, se hace más necesario que nunca que recordemos e imploremos la paz de la Navidad.

            Ahora, cuando cunde la desesperanza y el derrotismo anida en los corazones de tantos dominicanos y dominicanas que creen que el techo se nos ha derrumbado para siempre, es más imperioso que nunca que nos impregnemos del espíritu de la Navidad, con su mensaje de nacimiento, redención y esperanza.

            Ciertamente para una gran parte de la humanidad estas festividades no son más que ejercicio desenfrenado del consumo, hasta la saciedad y el embriague, para satisfacer los mayores extremos de la vanidad y la ostentación, a menudo gastando mucho más del ingreso para quedar endeudados por largos meses.

            Sin embargo, no es ocioso recordar cuál es la razón de ser de estas las fiestas más extendidas por el universo humano. Para quienes lo han olvidado conmemoramos el nacimiento de Jesús, el llamado hijo de Dios, nacido en la mayor pobreza sin techo ni fortuna, en un establo, de una humilde muchacha llamada María y el carpintero José.

            También es aconsejable recordar que ha trascendido los veinte siglos, moviendo hasta el sacrificio y el martirio a millones de seres humanos, bajo el mandato de amar al prójimo como a uno mismo, abandonando todo equipaje que nos impida la realización de la comunidad y el compartimiento del plátano y la ternura humana.

            Ni siquiera toda la caricatura que de su mensaje han hecho muchísimos de quienes se confiesan sus seguidores y ministros ha logrado desdibujar el mensaje de Jesús, que impregna todo sentimiento y esfuerzo de solidaridad, justicia y realización humana.

            Con el trajinar de los siglos la Navidad se ha profanizado, hasta el punto de la contradicción con las celebraciones originales, que deben ser rescatadas en sus esencias, lo que no significa que tengamos que renunciar a la alegría de las fiestas, ni a la buena comida y la bebida.

            Lo que hay que hacer es acompañarlas de solidaridad humana. Convirtiendo las festividades también en momentos de reflexión, de mayor compromiso con la justicia y la suerte de todos los seres humanos, empezando en nuestros hogares y entornos sociales, aquí y ahora, con sincero deseo de compartir y distribuir felicidad.

            Algo que ayuda a esos propósitos es, por supuesto, la buena celebración religiosa, mejor si es bajo la orientación de los pastores más comprometidos con su fe. Para quienes no van a las iglesias la música navideña, la clásica y la popular. Sobre todo la que nos libre siquiera momentáneamente del bullicio, del ruido y la prisa.

            El siguiente grado es la lectura de obras que nos eleven el espíritu e inspiren nuevas razones para vivir y luchar, para superar los desalientos, las perturbaciones y los tropiezos, que nos impulsen a compartir todo lo hermoso y noble que hay en la condición humana, sobre todo con aquellos que más lo necesitan.

            Muchos de esos necesitados están en nuestro alrededor. Requieren no siempre ayudas materiales, sino estímulo para seguir adelante, comprensión para sus limitaciones, y ternura, mucha ternura que es el mayor aliento de vida.

            Respiremos en estos días el aire más fresco que sopla sobre estas tierras tan cálidas que estimulan tanto los arrebatos y las pasiones y disfrutemos de las fiestas navideñas en paz con nosotros mismos y nuestros próximos. Sin ningún complejo de culpa si nos abrimos a los demás.

            Impregnarnos ahora del espíritu de la Navidad y esparcirlo es la mejor forma de prepararnos para resistir las precariedades que aún nos esperan y para seguir batallando por una nación mejor organizada y más acogedora para todos.

            Las perspectivas apuntan a que el próximo año nos demandará una gran dosis de resistencia y esfuerzos para superar nuestras miserias materiales y espirituales. Que encontremos nuevas energías en el mensaje original del cristianismo.

            Si nos ruboriza no digamos Feliz Navidad, pero sí que la paz de la Navidad y su solidaridad nos sature a todos y nos ayude a redescubrir la alegría de la mejor vida, que se extiende y profundiza compartiéndola.-

 

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