Por Juan Bolívar Díaz

Estábamos sentados a una mesa durante una boda en el Country Club hará unos cinco años cuando se nos ocurrió dar crédito al buen gusto de los anfitriones y contrayentes, porque la decoración tenía sobriedad y elegante sencillez. En particular elogiamos los arreglos florales, comentando que en algunas bodas se gasta un millón de pesos en flores.

Rápidamente tomamos consciencia del imprudente comentario, cuando una de las distinguidas damas de la mesa se dio por aludida y explicó que ella había gastado dos millones de pesos en flores cuando se  casó su única hija, justificándolo en que era una ocasión única en su vida y la de la joven. Desde luego, presentamos vehementes excusas porque estaba lejos de haber aludido a nadie en particular.

Personalmente sigo creyendo que dos millones de pesos en flores es mucho dinero, pero respeto a quien quiera gastar el dinero de esa forma siempre y cuando sea suyo, y obtenido con el trabajo propio o de sus progenitores. Es indignante cuando se sabe que se trata de dinero mal habido, especialmente si es sustraído de las arcas públicas, por ejemplo para pagar decenas de miles de pesos en restaurantes.

En general los dominicanos hemos adoptado los niveles de vida más ostentosos, razón por la cual el parque vehicular del país es más lujoso que el de cualquier nación europea, o que el de los países más ricos de América  Latina, como  Argentina o Brasil. Aquí muchas parejas jóvenes se compran un automóvil de lujo antes de tener piso propio.

Nuestro sentido del ahorro es tan precario y la vanidad es tan grande que muchas familias se hipotecan para una rumbosa boda o celebración de quince años en vez de proporcionar un apartamento o auspiciar una inversión para incentivar la unidad de una nueva pareja. Es que tenemos que ostentar, demostrar, exhibir más de lo que podemos.

Cuando a mediados de la década del ochenta la delincuencia se apoderó de la capital del Perú, con un secuestro por día, muchos pudientes decidieron ahorrarse todos los “signos exteriores de riqueza”, y se mudaron a apartamentos y adquirieron automóviles utilitarios, tanto para evadir a los delincuentes profesionales como para no incentivar su multiplicación por ofensivo efecto demostración.

La última demostración de insensato derroche es que tres equipos del béisbol dominicano hayan contratado conjuntos de “modelos” venezolanas, colombianas y brasileñas para animar a los fanáticos durante el recién iniciado torneo. Cuatro helicópteros descendieron una de estas noches sobre el terreno del Estadio Quisqueya para bajar las seis relucientes cariocas que harán las delicias de la fanaticada añil, para lo cual tendrán que enseñarles a bailar merengues.

La contratación es irritante porque el negocio del béisbol es altamente subsidiado por el Estado que presta los estadios, los rehabilita al igual que los parques, les da mantenimiento y hasta paga empleados, con costos que algunos años alcanza a  cientos de millones de pesos.  Por demás es ofensivo para las modelos dominicanas, que deben sentirse discriminadas. Ya era suficiente que en este país rey del béisbol tengamos que importar árbitros, para que además ahora necesitemos traer bailarinas animadoras o porristas.

Podemos apostar a que no encontramos otro país que importe porristas para animar competencias deportivas. Nuestra vocación por la ostentación  es bien grande, al igual que nuestro complejo de inferioridad.