La crisis de los partidos políticos

Por Juan Bolívar Díaz

Durante el pasado fin de semana tuve el placer de participar en San José de Costa Rica de un Encuentro de líderes políticos y sociales para conocer y discutir un informe sobre Situación y Perspectivas de los Partidos Políticos en Centro América, Panamá y República Dominicana auspiciado por la Organización de Estados Americanos, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral.

El documento básico del evento es un inmenso libro de 582 páginas con una gran cantidad de información, cuadros y análisis en torno al partidarismo político en la región, fruto de una investigación de los consultores internacionales Diego Achard y Luis E. González.

La investigación abarca la imagen y percepción de líderes de opinión, políticos y sociales de la región, financiamiento de los partidos, las campañas electorales, la corrupción, clientelismo y rentismo, renovación del liderazgo y muchos otros aspectos que conforman la problemática del partidarismo político.

Como ha ocurrido con investigaciones similares realizadas en otras regiones latinoamericanas, el balance es bien preocupante y amerita la atención de cuantos se interesan en el proceso democrático que vive el continente, desde la perspectiva puramente política, como social y económica.

No es por accidente que el BID, como el Banco Mundial y otras entidades del ámbito económico se estén preocupando por la situación del partidismo político, pues del mismo depende en gran medida la gestión gubernamental y por tanto las posibilidades de impulsar el desarrollo económico social en el mundo y especialmente en zonas como la latinoamericana, donde hay tanta riqueza mal administrada y peor distribuida.

Esas entidades expresan preocupación por el fortalecimiento de la democracia basada en las “libertades políticas y los derechos humanos, y en la necesidad de consolidar un ambiente de confianza política y seguridad jurídica como fundamento del desarrollo sostenible y equitativo que ayude a remontar los agudos déficits sociales y económicos”.

Una numerosa delegación dominicana estuvo presente en los dos días del encuentro, integrada por la vicepresidenta Milagros Ortiz Bosch, Hatuey de Camps, Fafa Taveras, Rafael Espinal, Ovín Saldívar y Deligne Ascensión del Partido Revolucionario Dominicano. Por el Partido de la Liberación Dominicana su secretario general Reinaldo Pared, Jaime David Fernández, Minou Tavárez Mirabal y Alejandrina Germán. Guillermo Caram, Federico Antún y Víctor Gómez Bergés por el Partido Reformista, y Pelegrín Castillo, de la Fuerza Nacional Progresista, completaban la representación partidista.

Compartí con Monseñor Agripino Núñez Collado y el doctor Flavio Darío Espinal, participante del proyecto, la representación de las instituciones sociales. Y lo celebré porque encontré un ambiente de comprensión y serio interés en el liderazgo político participante. Me llamó la atención el nivel de los políticos centroamericanos presentes. Aunque sospecho que, al igual que entre los dominicanos, predominaban los más preocupados, que lamentablemente casi nunca son quienes deciden el rumbo de la política.

Fue una excelente idea que el informe fuera compartido por dirigentes políticos y sociales, en un ambiente de tanta seriedad, impactados por los bajísimos niveles de credibilidad que registran los partidos en Centroamérica, Panamá y República Dominicana, pero conscientes de que se impone una cooperación bilateral para socializar esa situación y buscarle solución.

Toda la sociedad debe entender que sin partidos no hay democracia y que el colapso de los mismos no ha servido más que para originar situaciones de inestabilidad, autoritarismo y falsos mecías. Collor de Mello, en Brasil, Ernesto Fujimori en el Perú, Serrano Elías en Guatemala y Jean Bertrand Aristíde en Haití, son los mejores ejemplos de los resultados de la crisis del sistema partidista. Todos terminaron depuestos en medio del rechazo popular. Hugo Chávez en Venezuela y Alejandro Toledo en Perú sobreviven en precarias condiciones.

Sociedad civil y partidos deben desarrollar un diálogo sincero para una nueva relación sobre la base de que la corrupción no es monopolio de los políticos, sino que es compartida con los otros sectores sociales, y que el clientelismo que practican los dirigentes partidistas no es menos nocivo que el rentismo al que se adscriben los empresarios.

Por su parte los dirigentes políticos tendrán que entender que la democracia no termina, sino que comienza con el voto. Y que la participación de la sociedad organizada en la gestión del bien común es esencia de la democracia, que la sociedad civil no puede ser buena cuando se está en la oposición y despreciable desde el gobierno. Y que son ellos los que prometen, cuando buscan el voto popular, acabar con la corrupción y demás males de la sociedad y casi nunca cumplen.-

 

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