¿Intercambios de disparos por aire y mar?

Por Juan Bolívar Díaz

Lo menos que se puede esperar después de una segunda visita al país de los funcionarios contra drogas de más alto nivel de Estados Unidos en el mes de febrero, es que se abandone definitivamente el absurdo proyecto de ley que pretendía autorizar el derribo de naves aéreas y marítimas que se consideren operadas por narcotraficantes.

Hace tiempo que la embajada norteamericana había comunicado las objeciones de las autoridades de su nación al proyecto presentado por los diputados Pelegrín Castillo y José Ricardo Taveras, de la Fuerza Nacional Progresista,  aprobado entusiastamente hace varios meses por la mayoría de la cámara baja y desde entonces bajo estudio de una comisión del Senado. La respuesta que recibieron de algunos legisladores y políticos fue casi de naturaleza “anti-imperialista”.

Esta semana vinieron al país el director de la Oficina de Políticas Nacionales para el Control de Drogas de Estados Unidos, John P. Walters, y la directora interina de la Administración Antidroga (DEA), Michelle Leonhart. Se reunieron durante hora y media con el presidente Leonel Fernández y el secretario de las Fuerzas Armadas, general Ramón Aquino García.

Posteriormente, en rueda de prensa, el señor Walters dejó bien clara la oposición de su gobierno al proyecto que autorizaría a pilotos de la Fuerza Aérea Dominicana a derribar aviones o destruir embarcaciones marítimas de narcotraficantes, medida tan drástica, draconiana y peligrosa que no han adoptado ni siquiera los Estados Unidos, con toda la tecnología e información de que disponen.

Ya el 3 de febrero habían venido al país el subsecretario de Políticas del Departamento de Defensa de Estados Unidos (el llamado Pentágono), Eric Edelman, y el Jefe de Operaciones de la DEA, Michael Brown, que en la ocasión se reunieron con el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, encabezado por el secretario Aquino, y los más altos funcionarios dominicanos relacionados con el control de drogas.

O hay una situación particularmente grave, de la que no se ha informado, o le está resultando difícil a los norteamericanos contener los pujos antinarcóticos de algunos dominicanos que quieren irse a manos limpias más arriba que el principal afectado y preocupado por el tráfico internacional de drogas.

Tal vez influyó en el  ánimo norteamericano la información de fin de año de que los muertos por intercambios de disparos con la Policía pasaron de 300 en el 2007. Obviamente hay legítimos temores de que esos intercambios puedan ser trasladados de las calles y carreteras al mar territorial y el espacio aéreo dominicanos. Hace tiempo que los informes anuales del Departamento de Estado y en privado funcionarios y diplomáticos de esa nación, expresan alarma por el alto número de delincuentes y supuestos delincuentes que cada año mata la Policía Nacional.

La resuelta oposición norteamericana al proyecto que algunos quieren defender como reivindicación de la soberanía nacional, se justifica porque  por las aguas marítimas y el espacio aéreo dominicano circulan diariamente centenares de embarcaciones y aviones de todas las dimensiones, de ejecutivos, empresarios, turistas millonarios y deportistas, y desde luego de transporte de pasajeros y carga.

Es un absurdo pretender que con unos cuantos aviones y algunos equipos de comunicaciones, podamos perseguir y aniquilar embarcaciones del narcotráfico, sin cometer errores fatales. Sería incosteable mantener permanentemente en el aire aviones y personal en capacidad de cumplir ese objetivo.

Desde luego que el proyecto de ley prevé  que el derribo sólo se produciría si la nave no acata disposiciones de los persecutores. Pero eso podría ocurrir a cualquier pequeña embarcación  aérea o marítima a la que se le dañe el sistema de comunicación, o cuyos operadores no entiendan el español o inglés de los persecutores. Habría problemas si sólo hablan francés o alemán o ruso.  Ese proyecto es una muestra más del arraigo nacional del autoritarismo. El mismo que justifica que en nombre de la persecución de los delincuentes, matemos a un sacerdote, o a una pareja de enamorados, o a cientos de muchachos que se inician en pequeñas raterías. ¿Intercambios de disparos en el aire y el mar? No.

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