Cuidado con los signos exteriores de riqueza

Por Juan Bolívar Díaz

Durante los 26 meses que viví en Lima, la virreinal y cinco veces centenaria capital del Perú, de clima inhóspito pero afortunadamente cargada de gente amable, entre 1984 y 1986, fui testigo de preocupaciones similares a las que compartimos aquí ahora a consecuencia del incremento de la delincuencia.

Allí la inseguridad era mucho mayor. Llegué a registrar en la prensa limeña 28 secuestros en un mes de finales de 1985, y se sabía que muchos no llegaban a los periódicos. Incluso surgieron empresas especializadas en negociar con los secuestradores, que cobraban una comisión del monto que lograran deducir de la suma inicial que pidieran por la vida de las víctimas.

No se trataba de secuestros políticos, porque aunque Sendero Luminoso ya estaba en su apogeo, lo mismo que la guerrilla urbana Tupac Amarú nunca ejerció esa práctica nefasta. Era delincuencia sofisticada, que cobraba desde 10 mil hasta 500 mil dólares. Y no admitía pago en soles que se devaluaban a un ritmo que obligaba a cambiar los precios casi a diario. Tanto que tras iniciarse el gobierno de Alan García en julio de 1985, le tumbaron tres dígitos y el sol pasó a llamarse inti, que es la misma denominación del astro rey, pero en quechua.

Allá en la gran ciudad que se recuesta contra la cordillera andina para no mojarse en las eternamente frías aguas del Pacífico, escuché por primera vez la frase que encabeza este artículo: signos exteriores de riqueza.

Las clases altas y medias altas se dedicaron arduamente a tratar de borrar sus signos exteriores de riqueza, que los denunciaban ante las bandas de delincuentes, que seguían los automóviles de lujo o escrutaban las residencias fastuosas para protagonizar espectaculares asaltos y secuestros. Muchos cambiaron sus mansiones por apartamentos y los automóviles de lujo se devaluaron y sus ventas colapsaron.

Uno de los factores que incentivan la delincuencia, además de la pobreza y falta de oportunidades de las mayorías en Perú como en nuestro país, es la ostentación de riqueza de los afortunados. Muchas veces obtenidas mediante la más rampante corrupción pública y privada y su correspondiente impunidad.

En el país los signos exteriores de riqueza están a la vista de todos, y podrían estar convirtiéndose en imán de atracción de acciones delincuenciales. Es cada vez más frecuente escuchar de personas, especialmente mujeres, que son asaltadas al abordar sus vehículos, especialmente jeepetas y otras denominaciones de la abundancia. Esos signos permiten un seguimiento y observación eficiente para los delincuentes. Lo mismo ocurre con las residencias fastuosas y con los vestuarios que se exhiben por los medios de comunicación.

Aquí, pese al incremento de la delincuencia, todavía muchos no se enteran de lo denunciantes que son los signos exteriores de riqueza. Por eso el año pasado las ventas de vehículos se incrementaron en 120 por ciento, con 12 mil 74 unidades por encima de las 14 mil 610 del 2004, para un total de 26 mil 684.

Un magnífico reportaje de Edwin Ruiz, publicado en el recién aparecido semanario Clave, nos cuenta que en el 2005 las ventas de jeepetas crecieron 170 por ciento en relación al año anterior, significando el 32 por ciento del negocio de vehículos. Fueron 8 mil 738 las vendidas ese año, 5 mil 150 más que las 3 mil 588 del 2004. Lamentablemente el reporte no registra cuántas fueron compradas con financiamiento de los organismos estatales.

Hasta el más vulgar de los delincuentes sabe que esas jeepetas se cotizan entre un millón, las más modestas, y hasta 4 millones de pesos. Y que para mantenerlas se requiere mucho dinero; que rinden apenas 24 o 25 kilómetros por galón de gasolina.

Es más relevante que tal demanda se produjo mientras el costo del petróleo y sus derivados ascendía en el mismo año en 47 por ciento. Importaciones de vehículos y combustibles incentivados por una tasa cambiaria que ha mantenido sobrevaluado el peso, contradictoriamente a costa de los productores exportadores, del sector turístico y de más de 2 millones de pobres dominicanos que sobreviven con los casi 3 mil millones de dólares que les remesaron el año pasado sus familiares que se fajan en el exterior.

Comparados con los europeos los signos exteriores de riqueza de los dominicanos pudientes son mucho más ostentosos. Copiamos el modelo norteamericano, como si pudiéramos compararnos en riqueza, financiándolo con una perversa concentración del ingreso, con enorme corrupción y evasión impositiva.

Aunque sea por seguridad personal, por puro egoísmo para no despertar la envidia o la ambición que motorizan la delincuencia, aquí tenemos que empezar a pensar en vivir con menos ostentación. Reducir los signos exteriores de riqueza, contribuirá también a la lucha contra la delincuencia. Tomen nota del consejo.-

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