Crónica de un atrapamiento anunciado

Por Juan Bolívar Díaz

            Lo que le está ocurriendo a Estados Unidos en Irak es la crónica de un atrapamiento anunciado, con unos costos desmesurados en términos humanos, económicos y para la seguridad de la gran nación, como para el resto del mundo.

            Lo inconcebible es que Estados Unidos haya vuelto con el tema de Irak al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, ahora con la pretensión de que la comunidad internacional le ayude a la “reconstrucción de Irak”, enviando soldados, equipos militares y financiamiento.

            Después de haber decidido la destrucción de Irak y su ocupación por encima de la ONU y de espaldas a todo lo que se había construído en materia de relaciones internacionales durante más de medio siglo, el gobierno de George Bush apela al mismo organismo en busca de ayuda.

            En efecto, el mismo Colin Powell, secretario de Estado a quien tocó cantar el réquien a la ONU en los primeros meses del año, se presentó el miércoles buscando que ese organismo le ayude a cargar con el peso de la ocupación de la nación iraquí.

            Por supuesto que Estados Unidos no hará ninguna autocrítica, ni explicará qué se hicieron las armas de destrucción masiva que “ponían en peligro a todo el mundo” y fueron la justificación para una de las guerras de mayor concentración destructiva de la historia, librada a miles de millas de distancia de sus costas y fronteras.

            La realidad es que el pretexto para la agresión y ocupación fue un montaje, como lo sostuvo gran parte de la opinión internacional. Se advirtió también que el problema no era tanto la guerra de conquista, sino el mantener la ocupación de un territorio grande en una zona extremadamente conflictiva, donde se anidan rechazos nacionalistas y radicalismos fundamentalistas de indiscutible signo anti-norteamericano.

            Cuatro meses después de la ocupación, la inseguridad prolifera para todo, todos y todas en Irak y el número de víctimas de Estados Unidos es ya mayor en el período post guerra, lo que ya se empieza a reflejar en la opinión pública de un país extremadamente celoso de su propia sangre.

            Irak es un volcán en erupción del que no se salvan ni la representación de las Naciones Unidas, ni las embajadas ni las mezquitas más sagradas de esa cultura milenaria. El odio sembrado por millones de toneladas de bombas derramdas sobre su territorio está germinando penosamente por todas partes.

            La petición a las Naciones Unidas es más inconcebible por cuanto Estados Unidos pretenden que se internacionalice la ocupación con todos sus costos, humanos militares y financieros, pero manteniendo esa nación el control militar y político.

            Todo ello bajo el eufemismo de que se trata de reconstruir a Irak, cuando en realidad tendrán que ir a combatir contra la resistencia a esa ocupación militar, más injustificada que la protagonizada por el régimen de Sadan Hussein en 1990 contra su vecino Kuwait y que originó la guerra declarada por la ONU que produjo la primera gran destrucción iraquí.

            Hasta ahora no se ha visto la labor de reconstrucción que realizan las tropas enviadas a Irak por una docena de países a petición de Estados Unidos. Lo que se sabe de los 300 dominicanos es que están siendo preparados para enfrentarse a quienes resisten la ocupación de su propio país.

            El Consejo de Seguridad de la ONU volverá ahora a ser escenario del debate sobre Irak, y ahora sí que sería justo dejar que Estados Unidos afronte con sus pocos aliados las consecuencias de su aventurera y agresiva política internacional, destructiva de las bases en que se había sustentado la convivencia entre las naciones.

            Lo menos que se puede exigir es que el mando militar y político pase a manos de la ONU, bajo un estricto programa de transición, que incluya un calendario para la desocupación del territorio iraquí y un financiamiento para la reconstrucción, que deben aportar básicamente los países que auspiciaron la destrucción.

            Ahora, como antes de la guerra, será difícil lograr consenso. Especialmente porque el interés de los conquistadores parecía básicamente la riqueza del subsuelo de esa nación del Medio Oriente. Y es poco probable que Bush y sus socios petroleros quieran compartir el botín. En tal caso deberán cargar con todas las consecuencias de su aventura.-

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