Aciertos en la política exterior

Por Juan Bolívar Díaz

No solo la laboriosa y honorable proporción de origen palestino y árabe que es  parte significativa de la dominicanidad debe sentirse satisfecha por la visita del primer ministro de Palestina Mahmoud Abbas, recibido con los honores que merece por el Gobierno del presidente Leonel Fernández, sino toda la sociedad dominicana.

 Satisface también el anuncio de que el Estado Palestino abrirá en Santo Domingo una embajada y que esta será sede central en la promoción de las relaciones de esa nación con la región del Caribe y toda América Latina. Eso ha sido posible gracias a la firme determinación del Gobierno dominicano de reconocer los derechos del pueblo palestino.

 Ha sido una valiente decisión, dada la obsoleta dependencia de la política exterior dominicana de las posiciones e intereses de los Estados Unidos,  más allá de toda equidad y racionalidad, y ninguna mezquindad puede impedir ese reconocimiento.

 Por las raíces de árabes y palestinos en el país y sus múltiples contribuciones al crisol racial y de nacionalidades que constituyen la dominicanidad, pero también por elemental justicia internacional, tenemos que seguir dando apoyo a los justos reclamos para que el Estado Palestino sea una realidad plena  en el escenario internacional.

 Nada puede justificar que más de seis décadas después de constituido el Estado de Israel en territorios que entonces eran de dominio palestino, se esté condicionando el reconocimiento del Estado Palestino a que a los israelíes les dé la gana de aceptar las infinitas resoluciones y clamores internacionales  para que haya lugar para todos bajo el sol. Sólo los intereses económicos, las miserias y el oportunismo de la política electoral determinan la posición de los gobernantes norteamericanos.

El reconocimiento del Estado Palestino tiene que ser acompañado de la promoción de la convivencia en paz de  los rivales del Medio Oriente y no al revés.

Valga la circunstancia para reconocer la amplitud de la política exterior del presidente Fernández, que abandonó el tradicional aislamiento dominicano ante el mundo árabe y que nos hace recordar que África también existe, reivindicando la soberanía nacional. Está pendiente la realidad de la República Popular de China, a pesar del cariño y la gratitud por el pueblo de Taiwán que debió  conseguir reconocimiento como nación de haberlo buscado en vez de empeñarse en pretender que su minúsculo territorio y población eran la inmensa China de 1,300 millones de habitantes.

Por la visión y vocación internacionalista del presidente Fernández su política exterior es de las mayores prendas de sus tres períodos gubernamentales. Y es una lástima que haya sido opacada parcialmente por los excesos de embajadores botellas en los organismos internacionales, por las decenas de vicecónsules, por los viajes excesivos a ritmo mensual, por las desproporcionadas misiones y delegaciones y el gasto desmesurado.

Tampoco le han ayudado a obtener el justo reconocimiento los desbordamientos de alabarderos y turiferarios que ven al presidente Fernández liderando el esfuerzo por concretar la paz entre judíos y palestinos, en lo que han fracasado numerosos líderes de las naciones determinantes, o los que pretenden que le sobran los méritos para obtener el Premio Nobel de la Paz. Lo que nadie debe discutirle es el mérito de haber abierto al mundo las relaciones de la República Dominicana.

 

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