Del New York chiquito a la ilusión de Leonel

Por Juan Bolívar Díaz
http://hoy.com.do/image/article/701/460x390/0/3E110FC3-5175-4F2C-9358-925785D9AF61.jpeg

Con una serie de desaciertos, el presidente Leonel Fernández sembró vientos y cosechó tempestades en ocasión de su último informe a la nación, a no ser que él y el pueblo quieran otra cosa, como adelantó el presidente del Senado en el augusto escenario de la Asamblea Nacional el lunes 27 de febrero.

Abusando de su extraordinario histrionismo y capacidad comunicativa, el mandatario hirió la sensibilidad de muchos de los que como él pueden  conceptualizar, por lo que ha recibido una tanda de censuras sin precedente por haber manipulado cifras y magnificado sus logros en estos ocho años consecutivos de gobierno.

El déficit constitucional.  Analistas y comentaristas de televisión habían adelantado que el Presidente  formularía un discurso de carácter netamente político, pasando balance a su último período de gobierno y con miras a las elecciones de mayo próximo, pero se quedaron cortos. La pieza fue absolutamente política y se extendió hasta el 2016 cuando el mandatario y sus fieles esperan que vuelva, como quedó evidente en el escenario.

La primera reacción fue que le faltó referirse a la gestión del 2011, en desconocimiento del mandato específico de cuatro artículos de la Constitución en lo que el experto Cristóbal Rodríguez denominó el “déficit constitucional del discurso”. El  experto en derecho constitucional sostiene que Fernández ignoró mandatos de los artículos 93, 114, 121 y 128 de la Constitución que disponen la rendición de cuentas ante las cámaras legislativas al comenzar el 27 de febrero de cada año.

Los defensores del pragmatismo político aducen que en un año de elecciones el  mandatario podía aprovechar el escenario para servirse a su antojo. Otros estiman que la rendición de cuentas está en las memorias de los ministerios que los presidentes remiten o entregan al Congreso. Sin embargo, la Constitución no establece diferencias entre el primero y el último año de la administración, y es específica en cuanto a las memorias y el mensaje y la explicación del presidente y señala también el deber de proyectar la gestión del año en curso.

En efecto, el artículo 114 plantea “la responsabilidad del Presidente de la República de rendir cuentas anualmente  ante el Congreso Nacional de la administración presupuestaria, financiera y de gestión ocurrida en el año anterior”, refiriendo al artículo 128, pero especificando que “acompañada de un mensaje explicativo de las proyecciones macroeconómicas y fiscales, los resultados económicos, financieros y sociales esperados” y las prioridades a ejecutar en el año en curso. El artículo 121 indica que las cámaras legislativas deben “Recibir el mensaje y la rendición de cuentas de la o el Presidente de la República y las memorias de los ministerios”. El numeral 2, letra f del artículo 128 también ordena  el depósito de las memorias de los ministerios y además “rendir cuentas de su administración del año anterior”.

Comparación para párvulos.  Casi todo el “informe a la nación” fue un ejercicio de comparación entre lo que era el país en el 2004 y el legado del presidente Fernández, que pareció fruto de la convicción de que solo los grandes líderes pueden  conceptualizar. Por momentos parecía dirigido a párvulos, un culto a la ignorancia que no merece la élite social que escucha con atención o lee discursos presidenciales.

Lo primero es que es un ventajismo partir de un año en que la economía del país buscaba reflotar tras las quiebras bancarias que el año anterior habían costado casi el mismo monto del presupuesto nacional, cuando los ingresos fiscales eran 97 mil millones de pesos, la cuarta parte de los registrados el año pasado. Desde luego sin hacer una confesión de la responsabilidad que compartía el orador en la incubación y desarrollo de monstruos devoradores como el Baninter. Manipuló tantas cifras que aunque se refería a lo encontrado al comenzar su gobierno, situó la tasa cambiaria del dólar en el pico de 55 pesos que alcanzó a principios de ese año, en vez de los 41 a que se cotizaba al juramentarse en agosto del 2004. Es pueril proclamar como éxito que 8 años después, y con una población superior en alrededor de un millón de personas, se comen más plátanos, pollos o habichuelas.

Desde luego que el Presidente olvidó contar sobre sus déficits fiscales financiados con endeudamiento, al igual que gran parte de su obra material, para triplicar la deuda del Gobierno, especialmente en los últimos cuatro años. El economista Miguel Ceara Hatton ha resaltado que el 68 por ciento, más de dos tercios, de los 13 mil 300 millones de dólares de deuda nueva contraída entre el 2000 y el 2011 se contrató a partir del 2004, por lo que las consecuencias del New York  chiquito tendrá que afrontarla el próximo gobierno.

Rechazo generalizado.  El polémico discurso ha encontrado un rechazo generalizado, incluyendo al Consejo Nacional de la Empresa Privada, la Asociación de Industrias, la Asociación de Jóvenes Empresarios, y las agrupaciones de productores agropecuarios, algunas de las cuales, como la Aproleche, desmienten las cifras optimistas sobre el sector.

Que el mandatario no se refiriera al sector industrial tiene lógica, dada la caída que el mismo ha sufrido en los últimos ocho años, del 32.6 al 26 por ciento del producto bruto interno, como sustentara el economista Alejandro Fernández el jueves en su página del Diario Libre, gracias a una política que ha fundamentado el crecimiento en las importaciones y en la construcción pública. Sostuvo que en el 2011 mientras toda la banca privada destinó 1,589 millones de pesos a financiar obras  gubernamentales, la banca estatal le otorgó casi todo su crédito, 29 mil 355 millones de pesos, 18 veces más.

El Conep aprovechó para volver a denunciar el modelo económico leonelista que no se fundamenta en elevar la producción y la productividad. Y reclamó fortalecer la institucionalidad con el cumplimiento de la Constitución y las leyes. La ANJE rechazó que exista la revolución democrática planteada por el Presidente, señalando debilidades institucionales como pobre independencia de la justicia, falta de transparencia y de lucha contra la corrupción y de seguridad jurídica.

La proeza del boroneo. La ilusión de Leonel Fernández no cuadra con el índice de competitividad del Foro Económico Mundial que sitúa al país en los últimos escalones en capacidad de competir internacionalmente, en educación y sobre todo en malversación de los recursos públicos, sin que pudiera informar de un solo funcionario llevado a la cárcel. Tampoco cuadra con las evaluaciones del Banco Mundial, del Latinobarómetro y de Transparencia Internacional que queman al país en transparencia con notas de hasta  26 sobre 100. Ni hablar de  Amnistía Internacional que denuncia una política criminal y documenta un libro con cientos de ejecutados por la Policía.

En tantas comparaciones entre el 2004 (mencionado más de 60 veces) y el 2011, el mandatario olvidó establecer las diferencias entre el gasto corriente y la inversión, el crecimiento del 50 por ciento en la nómina pública (de 390 mil a 580 mil) con su diarrea de 334 viceministros y de mil 163 funcionarios diplomáticos y consulares.

Pero la mejor muestra de la ilusión desarrollista del presidente Fernández quedó en su informe de que ha rescatado de la pobreza a 800 mil personas y que  582 mil 950 familias reciben el subsidio de 700 pesos de “comer es primero”, suma que no alcanza para comprar una libra de arroz por día. También que 213 mil familias reciben el incentivo para mandar los hijos a la escuela, cuyos 200 pesos  no alcanzan para un plátano por día. Sumó 760 mil 591 beneficiarios del programa bonogás para hogares,  y 15 mil 745 para choferes, más 263 mil del programa bonoluz. Totalizan un millón 840 mil. Toda una proeza en materia de boroneo, no para combatir la pobreza, sino para mantenerla bajo control político.

Una autoglorificación

El presidente Fernández habrá depositado las memorias de los ministerios pero no rindió cuentas ni explicó metas y prioridades del año en curso, a pesar de que pronunció un extenso discurso de casi dos horas y media en gran parte dedicado a su autoglorificación hasta el punto de proclamar alborozado que ha logrado su sueño de convertir la capital dominicana en un “New York chiquito”, por la cantidad de edificaciones y obras viales que pudo ver desde un helicóptero.

Ese sueño infantil del doctor Fernández se confunde con el “sueño americano”  que describió como el acceso a electrodomésticos para trasmutarse en “la ilusión dominicana” en un canto de autoglorificación que parte del desastre de país y nación que encontró ocho años atrás para terminar apelando a la referencia de Hamlet cuando proclamó el desquiciamiento del mundo para exclamar “¡vaya faena, haber nacido yo para tener que arreglarlo!”. Por si las dudas, aclaró que “nunca he tenido las pretensiones de Hamlet”.

Ninguna mezquindad puede ocultar la inversión vial y en edificios en los gobiernos de Fernández, incluyendo tres o cuatro torres de lujosos apartamentos, pero la mayor parte de lo que se ve desde el aire no es fruto de sueño alguno, sino de la inversión privada, y no de ocho años, sino ya de tres o cuatro décadas.

La mayor gloria “de modernidad” que se atribuye al presidente Fernández es haber hecho un sistema de tren subterráneo, que es la obra más costosa en la historia del país, pero cuya primera línea apenas sirve al 0.5 por ciento de la población nacional y a menos del 2 por ciento de los residentes en la gran urbe de Santo Domingo. Ver un New York chiquito en una ciudad  de tránsito caótico a pesar de tanta inversión vial, con gran parte de su población viviendo en casuchas sin agua potable y escasa electricidad, sin alcantarillados pluvial ni sanitario, surcada por inmundas cañadas que contaminan ríos y playa, más que un ejercicio de optimismo es una ofensa.

 

Leave a Reply

Be the First to Comment!

Notify of
avatar
wpDiscuz